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foto: daniela zavala

Escribir para escuchar la voz de los otros y la de uno mismo

El cronista Alberto Salcedo Ramos y el escritor Jeremías Gamboa conversan sobre cómo el periodismo narrativo y la ficción comparten técnica y mirada, aunque cada una busque una verdad distinta. Esta es la historia de cómo se enamoraron de la novela y la poesía y de por qué, a pesar de sus años y libros publicados, siguen aprendiendo a oír su propia voz.

Publicado: 2016-01-10

Se vieron por primera vez en Cartagena. Por esos días de verano de 2015, en el caribe colombiano, Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) y Jeremías Gamboa (Lima, 1975) eran expositores del Hay Festival, unos de los eventos literarios más importantes del continente. Nunca se habían dado la mano, pero ya se conocían por los libros que cada uno había publicado. El colombiano (La eterna parranda y El oro y la oscuridad) es uno de los grandes referentes de la crónica latinoamericana. El peruano (Contarlo todo y Punto de fuga) es considerado uno de los escritores de ficción más talentosos de su generación. Uno desde el periodismo y el otro desde la novela y el cuento, comparten método, mirada y una sensibilidad particular para referir verdades de la condición humana: los dramas cotidianos, el fracaso, la soledad, la vocación, la búsqueda de una voz propia. Ambos reconocen que los límites entre sus oficios son difusos: toda ficción, se dice, tiene mucho de no-ficción. Y viceversa.

Meses después de aquel encuentro, una tarde de setiembre, Alberto y Jeremías se volvieron a ver, pero ya no bajo la solemnidad de un encuentro de intelectuales. Salcedo Ramos acababa de llegar a Lima para dar una conferencia en una universidad mientras trabajaba en su último libro de crónicas. Gamboa llevaba meses concentrado en la escritura de su próxima novela. La vieja mesa de madera de un restaurante de Barranco, rodeado de paredes altas con pósters, fotografías y banderas de decenas de países, sería el lugar del encuentro. Es la hora del almuerzo. Sobre la mesa hay un plato de choritos a la chalaca. El mozo destapa la primera botella de cerveza. «Vamos a matarnos las pulgas», ríe Alberto. Entonces Jeremías sirve los vasos antes de comenzar.


Alberto: Me enamoré de la literatura con un ejemplar de Hamlet que me regaló mi abuelo. Nací en Barranquilla, pero crecí en Arenal, un pueblo muy atrasado del caribe colombiano. En mi pueblo no había librerías. Así que el obsequio de mi abuelo fue la primera obra literaria que leí. Me atrapó el conflicto, la tensión dramática, la forma en que muestra la condición humana. Entonces yo tenía dieciséis años, y no podía explicar por qué me gustaba.

Jeremías: Yo empecé a leer con seriedad en la universidad, a los diecinueve. Como mi familia no tenía dinero, yo compraba mis libros en la feria de libros usados, cerca al Centro de Lima. Cuando leí Pedro Páramo, en una colección de libros muy pobre, me pasó algo que no me había pasado hasta ese entonces. Ya había experimentado la intensidad de la lectura leyendo a Stendhal y a Balzac, pero con cuando leí a Juan Rulfo, pensé: ¡cómo me gustaría escribir algo así!

Alberto: Con ese libro tomaste consciencia de que querías ser escritor.

Jeremías: Sí, pero era una idea remota. Seguí estudiando periodismo, y sin pensarlo me acercaba más a la literatura. Hasta que leí El pez en el agua. Ese libro me desahuevó. Vargas Llosa decía que un escritor no lo es desde el momento en que decide escribir, sino desde que decide que todo lo que hará en adelante estará en función de su vocación. Eso intenté hacer. El protagonista de mi primera novela es un cronista que deja el periodismo para ser escritor de ficción.

Alberto: Es que el universo de la literatura nos ayuda a soportar el del periodismo. Te levantas y te intoxicas con noticias asquerosas y, de pronto, te toca hacer un viaje y agarras una novela que te saca de eso, que te lleva a otro mundo. El periodismo es bueno siempre y cuando se abandone a tiempo, decía Hemingway.

Jeremías: Cuando estaba en la universidad, tenía en la mente una frase lapidaría de Conversación en la Catedral, cuando Carlos Ney, un reportero veterano, le dice a Zavalita: «Convéncete, Zavalita, el periodismo no es vocación, es frustración». 

Alberto: A veces pienso eso. No sé si yo también renunciaría a la crónica durante algún tiempo. En ocasiones siento que la mayoría de crónicas que leo ahora ya las he leído antes. Sinceramente, siento que ya no leo historias que me revelen algo nuevo, algo que me asombre, algo que yo diga: ¡no quiero morirme sin terminar de leer esto!

Jeremías: ¿Desde hace cuánto no te pasa eso?

Alberto: Desde hace rato ya.

Jeremías: ¿Has pensando en algún momento en escribir ficción?

Alberto: No lo he pensado, pero últimamente me pregunto si sería justo conmigo mismo que llegara a los noventa años sin haber explorado eso, ¿no?

Jeremías: ¿Alguna vez has escrito un cuento?

Alberto: Sí. Fue raro: yo era jovencito y ayudaba a mi mamá a mudarse. Cargué y cargué cosas, y cuando terminamos la mudanza, se me dio por escribir algo sobre eso. Tenía veintiuno, estaba en la universidad. No recuerdo haber escrito otra ficción después de eso.

Jeremías: Yo escribí mi primer cuento como a los veinte. Fue un texto que mandé a los Juegos Florales de la universidad. Con los años me di cuenta de que no era un cuento. Era más bien una especie de prosa sobre un hombre que caminaba solo, que hablaba débilmente de una relación con una chica. ¡Obtuve la décimosegunda mención honrosa! Fui muy feliz.

Alberto: Si te dijera que de niño yo soñaba con ser cuentista o novelista, sería mentiroso. Simplemente quería contar historias, ser una especie de rapsoda. Cuando era chico creía que la literatura sólo consistía en sacar historias de la cabeza. Vengo de un pueblo muy atrasado, parecido a Aracataca, donde creció Gabo. La costa caribe es la región más pobre de mi país. Allí, nuestro modo de lidiar con el atraso era sacar la mecedora a la terraza y conversar. Se armaban grandes tertulias. Por eso, cuando me hablaban de contar historias, yo no pensaba en la palabra literatura. Recién de adolescente comencé a soñar con ser escritor de ficción.

Jeremías: ¿Y qué pasó?

Alberto: No sé. Fui cobarde, creo. Tal vez quería algo que no sea tan azaroso, algo por lo que pudiera cobrar. Cuando le dije a mi mamá que quería ser escritor me dijo: «Te vas a morir de hambre». Así que estudié periodismo, pero siempre amé leer ficción.

Jeremías: Es muy fuerte el miedo al fracaso a veces. De hecho, en muchas de tus crónicas es un tema recurrente el mundo de los que fracasan.

Alberto: Sí. No sé por qué, sabes. Sólo me gustan. Siento cierta química con ellos. No sé qué coño es. Pero cuando hablo con personajes así, golpeados por la vida, a quienes las cosas no les ha salido bien, siento una pulsión. Me gusta mucho eso. Si hago una novela, tal vez se convertiría en una novela hecha de mí.

Jeremías: Es que cuando escribimos sobre otros, escribimos sobre nosotros mismos.

Alberto: Creo que siempre hacemos eso. Tú puedes escribir sobre cualquier personaje. Incluso, sobre alguien que es la antítesis tuya, y siempre terminarás escribiendo sobre ti. Me gusta el autor que se muestra en función de la historia, que no se esconde.

Jeremías: Yo sentía una insatisfacción en la crónica y no encontraba cuál era el instrumento para revelar una verdad mía. Pero la manera como tú elaboras tus personajes… es como si revelaras una verdad más profunda. En la crónica has encontrado un espacio que le da sentido al modo en que te acercas al mundo.

Alberto: Creo que en la no-ficción puedo hacer repreguntas. Puedo mostrar cosas de mi interior. Nunca he pensado que sea una camisa de fuerza. Pero sí creo que la ficción me plantearía otro reto. Es otra cosa, ¿no?

Jeremías: Claro, tiene otro procedimiento.

Alberto: La otra vez le decía a un joven cronista: cuando la novia de uno vive con sus padres, es escribir ficción. Cuando la novia vive con uno, es no-ficción.

[Risas]

Alberto: Ahora, si a uno le va bien en un registro no necesariamente le va bien en el otro. Norman Sims, en el prólogo del libro Los periodistas literarios, dice que escribir sobre algunos conflictos del ser humano, como la pobreza, puede ser de impacto en el periodismo pero, llevado a la ficción, puede convertirse en algo frívolo.

Jeremías: Vargas Llosa decía que la literatura de ficción en América Latina surgió en un momento en el que los discursos antropológicos y periodísticos no existían. Entonces le exigían a la literatura de ficción con una carga de temas que no le correspondía: la denuncia social, la miseria. Los escritores de ficción escribían para revelar una zona conflictiva de la realidad, que es el trabajo de los periodistas. Pero creo que si José María Arguedas hubiera conocido el formato de la novela de no-ficción la hubiera aprovechado para hablar de temas sociales. En ese momento no se le ocurrió esa posibilidad y escribió, por ejemplo, El zorro de arriba y el zorro de abajo, una novela que “fracasó”. Un fracaso que él aprovechó para escribir una poderosa novela sobre la agonía. La ficción en esos años tenía que hacer también historia y periodismo.

Alberto: Tengo un ejemplo sobre lo que acabas de decir. En Colombia hubo una masacre famosa en los años veinte. En Cien años de soledad, García Márquez ficciona la masacre de la bananera y dice que fueron tres mil muertos. Cuando apareció el libro, el Congreso de Colombia pidió un decreto de honores para los tres mil muertos de aquella masacre. O sea: nunca se supo cuántos muertos fueron. Pero ellos tomaron como verdad lo que había puesto Gabo. En ese momento el periodismo estaba en la Edad de Piedra. El periodismo no se ocupaba de mostrar la realidad sino de servir de caja de resonancia a todos los poderes.

Jeremías: Creo que a mucha gente de América Latina ha creído que la ficción es el lugar para nombrar la pobreza. En realidad, el periodismo es ese lugar. En tu crónica Retrato de un perdedor la pobreza es el espacio donde sacas una respuesta humana que te interesa. Tú perfilas a un boxeador que decide perder y ese personaje es un medio para nombrar tu verdad. Por supuesto, también tienes que ser fiel a la verdad del personaje porque si no harías mal periodismo. Como la buena literatura, el buen periodismo toca lo universal. Pocos periodistas llegan ahí. 

Alberto: Por eso creo que uno no debe perder la posibilidad de oírse a sí mismo. El otro día, por ejemplo, estaba escribiendo un texto y no me gustaba lo que estaba haciendo. Sentía que caía en esto que yo mismo critico: la repetición. Eso sucede cuando uno escribe seis columnas al mes. Fue un abuso conmigo mismo. 

Jeremías: La voz se te va cansando.

Alberto: Así es. Haces una columna porque tienes algo que entregar, no porque tienes algo que decir. Y esa no es la idea. Uno de los problemas del periodismo es que uno oye a tanta gente, tienes que hablar con muchas personas, comparar y contrastar, que al final no te oyes a ti mismo. Por eso envidio a los autores de ficción porque han aprendido a oír su propia voz.

Jeremías: A mí me ocurrió eso. Cuando yo renuncié a la crónica para ser ficcionador, mi gran problema era precisamente ese: ¿cómo escucharme? Yo fui editor de Etiqueta Negra con la novela a medio camino. Entonces renuncié. Y, al día siguiente, yo no podía escribir ficción, ni a la semana, ni al mes siguiente porque estaba lleno de una cantidad de voces. Por esos días empecé a leer los diarios de Ribeyro. Y empecé a escucharme nuevamente. Un periodista es una persona que escucha al mundo. El escritor es una persona que se escucha a sí misma.

Alberto: A veces me pregunto cómo sonará mi voz. Hace rato no la oigo, sinceramente te lo digo. Cuando era muchacho, cuando no me ponía presión sobre los hombros, cuando leía simplemente con inocencia, sin saber qué iba a pasar, lo disfrutaba. Y por eso a veces quisiera poner el pie en el freno, perderme un tiempo, irme lejos donde no haya nadie, y a partir de lo que vea dentro mío poder escribir. Y eso, de pronto, quizá lo haría mejor en ficción.

Jeremías: Es que cuando el lenguaje y el temperamento que tienes lo lanzas sobre la misma dirección, el mismo tipo de personaje, el lenguaje se cansa y tú sientes esa artificialidad. Vives una sequía. Pierdes las ganas de escribir, el misterio de la escritura. Pero de repente te sientas a escribir sobre otra cosa y, de pronto, el lenguaje cobra vida. Cuando una página realmente funciona, tú sientes que algo ha venido en tu ayuda, algo que no es tuyo. Y tú agradeces el lugar del que viene, aunque siempre hay dudas. Ribeyro decía que todo escritor debe tener cierto nivel de escepticismo sobre aquello que escribe.

Alberto: Sí, mira, hay una frase de Augusto Monterroso que me gusta: duda de ti mismo, confía en ti mismo. Cuando confíes, duda. Cuando dudes, confía. Creo que hay que desconfiar, pero no tanto como para quedar paralizado. Creo que esa sequía a la que te refieres casi no se ve en la no-ficción porque nosotros siempre tenemos temas. Yo digo: bueno, yo voy a África y encuentro una tribu que hace una danza alrededor de una comida sepultada en la arena. Siento que ese tema genera una gran empatía y lo quiero contar y lo cuento. En cambio, yo veo a los escritores de ficción preguntarse si tienen un tema que realmente valga la pena para pegarse una sentada y encerrarse a escribir.

Jeremías: Bueno, yo estoy ahorita en eso. Estaba escribiendo una novela que tenía proyectada y la tuve que interrumpir para escribir otra diferente, pues no me sentía listo. En los momentos de duda, lo que me queda es aferrarme a la pequeña emoción, a la pequeña intuición. Ese es mi GPS. Si yo siento realmente que eso tiene un fondo, lo intuyo, lo siento. Y, a veces, me tengo que aferrar. 

Alberto: Yo no he tenido una crisis profunda. Me pregunto si eso no está mal. Una crisis donde uno diga que todo es una mierda, me quiero ir al coño de la madre, meter la cabeza en el inodoro, golpearme. Yo he visto escritores que hablan así, que hablan con sinceridad, que no están posando, que es verdad, que les pasa. Entonces, yo digo que es sospechoso llegar a los cincuenta y dos años y no haber tenido ganas de ahorcarse. Lo peor es que no me siento culpable y sí me preocupa que no haya tenido una gran crisis. Lo único que sé es esto: nunca desconfíes de un tema que te provoca ganas de escribir. Si uno se sorprende pensando demasiado en algo, es porque vale la pena.

Jeremías: Yo diría que uno no debe dudar cuando escribe la primera versión. Y dudar muchísimo en la última versión. En la última tendrías que ser muy riguroso para corregir con precisión. Pero no deberías dudar ante la primera página. Deberías ir nomás. Cuando yo dudo ante la primera página, me tomo un descanso. Saco a pasear al perro.

Alberto: Si dudo ante la primera página, no es la primera página. Me acaba de pasar. Mientras escribía una crónica decía: puta, qué cosa me está saliendo. Esto es una mierda. Luego decía: bueno, este párrafo no lo he escrito mal. Si algún enemigo mío leyera este párrafo, no me lincharía por esto. Pero luego sentía que no quería seguir escribiendo así. Y dije: hoy no escribo ni medio renglón más si no averiguo qué tiene esta mierda, dónde está lo malo de esto. Y descubrí que la primera página era una porquería. Borré lo que tenía y escribí una cuartilla y media diferente. Sentí que mejoré la cosa. Lo bueno de la escritura es que uno siempre tiene la posibilidad de salir de ese fracaso. Escribes una línea, luego la borras y escribes otra. Fracasaste y enmendaste. Aunque no sé si fracaso sea la palabra exacta.

Jeremías: ¿Cómo es tu rutina para escribir una historia, Alberto?

Alberto: Mis jornadas son muy largas. Asquerosamente largas. A mí me gusta mucho escribir por la mañana, no me gusta mucho escribir por la noche. Me levanto a las siete y media de la mañana, porque me acuesto tarde también. Y empiezo a escribir con el cerebro entero, completico. 

Jeremías: Una crónica, un libro de no-ficción, una novela supone una gran cantidad de tiempo y concentración. Es darle y darle al mismo lugar hasta llegar a un lugar de calidad. Son horas que tienes que arrebatarle a cosas que distraen, como el Facebook. García Márquez decía una cosa que yo suscribo: las mejores horas del día son para escribir y son por la mañana. Cuando estoy metido en la cama a las once de la noche y con sueño, sé que al día siguiente ya gané. Si he dormido mal, no escribo bien. Si he tenido pesadillas, no escribo bien. Si tomé un Diazepán o dos copas de vino la noche anterior, no escribo bien.

Alberto: Hay un consejo que me encanta del escritor húngaro Stephen Vizinczey: no tendrás costumbres caras. Y el segundo: no te drogarás. Tiene lógica. Para esa actividad necesitas el cien por ciento de tu cerebro.

Jeremías: Richard Ford recomendaba a los jóvenes escritores: no tengas hijos. Y luego dice una cosa que es maravillosa también. Dice: Dile a tu pareja que vas a ser escritor y que de eso van a vivir. No le mientas.

Alberto: ¿Tú tienes hijos, Jeremías?

Jeremías: Tengo uno chiquito. Estoy aprendiendo a ser papá. Tú has tenido hijos muy joven, ¿no?

Alberto: A los veintidós años. Tengo dos hijos ya grandes: Mario y Oriana. 

Jeremías: ¿Y tus hijos qué dicen de tus historias?

Alberto: Mira, un día mi hijo de veinte años llegó a mi casa. Yo había escrito una crónica en SoHo, una crónica que ganó un premio. Y llega mi hijo y me dice: «Papi, préstame la revista para leer tu crónica». Entonces yo le presto la revista. Y lo encontré viendo las mujeres en pelotas. Entonces, le dije: «Hijo, ¿y ya leíste lo que escribí?». Él me dice: «No, papi, está muy larga. Otro día te leo». 

[Risas]

Jeremías: Octavio no me ha leído, está muy chiquito todavía.

Alberto: Yo he sido un padre muy amoroso, muy hogareño. Yo te voy a decir algo con toda franqueza: para mí, ser mal padre me parece una desgracia. Si una desgracia te implica sólo a ti, es respetable. Pero si en esa desgracia arrastra a los demás, me parece una mierda. En una época, cuando estaban chiquitos mis hijos uno se acobardaba. Ahora, como están grandes, ya tengo más facilidad de volverme kamikaze porque ellos ya se pueden defender. Yo fui un padre entregado a los hijos porque yo no tuve eso. Me prometí que yo no iba a repetir esa historia. 

Jeremías: Quizá por eso se te complicó mucho dedicarte a la ficción cuando eras joven.

Alberto: Yo creo eso también. Mira, hay un chiste de un niño que se le acerca al papá y le pregunta: «Papá, ¿usted por qué se casó tan temprano». Y el papá le dice: «Por ti, malparido». Entonces, yo a ese chiste le cambiaría y quedaría así: «Papi, ¿por qué te dedicas a la crónica?». Y el papá diría: «Por ti, hijo de puta». 

[Risas]

Alberto: Me hubiera encantado ser poeta, ¿sabes?

Jeremías: A mí también.

Alberto: Te voy a contar algo y te vas a reír porque es una cosa muy cándida. Yo veía las fotos de los tipos con el cigarrillo al lado de la boca y me parecía sexy esa vaina. Yo fumaba. Después me ponía una boina de lado. Y tenía un amigo muy caribe, muy bromista, que me decía: «Ya tienes la pinta de Neruda, sólo te falta la poesía».

[Risas]

Jeremías: ¿Y escribías poemas?

Alberto: No, ya no. Es una cosa muy difícil. Supremamente difícil. Un día leí una entrevista de Faulkner donde decía que el sitio ideal para escribir es un prostíbulo. De día podía escribir porque no había ruidos pues todas las prostitutas estaban dormidas. Y de noche, cuando estaba cansado de tanto escribir, ahí podía relajarse. Entonces, cuando tenía diecinueve, yo me iba con unos amigos y le pedía a las putas que me regalaran hojitas y les escribía poemas. Yo era muchacho. Juraba que si seguía al pie de la letra el mandamiento de Faulkner, terminaría convertido en un escritor. Pero ya no escribo poesía. Es que es muy difícil. Yo no pienso como poeta.

Jeremías: Te entiendo. Yo tampoco.

Alberto: Cuando yo voy y veo algo que me impresiona, no siento el impulso de escribir un poema, sino el de escribir una historia. Yo no pienso en cantar sino en contar. Ahora bien: dentro de la prosa cabe la poesía. 

Jeremías: Te disfrazas de poeta por momentos.

Alberto: Me disfrazo, sí. Yo leo mucha poesía. Me encantan Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Juan Manuel Roca. Creo que uno leyendo poesía aprende precisión en el uso del lenguaje. A todos los que escribimos, nos dan un costal de flechas y un arco, y nos ponen frente a un blanco. En la novela, las flechas pueden pasar a dos metros de distancia del blanco, pero el conjunto de disparos te hace quedar bien. En la novela se necesitan los tiempos muertos, hay que dar información. En cambio en la poesía no se valen los tiempos muertos porque en la poesía todo es intensidad. Una buena novela no se daña sólo por tener un mal párrafo. Pero un poeta puede arruinar un poema con un mal verso. Borges decía que una novela donde todas las líneas sean perfectas sería aburridísima, ridícula.

Jeremías: Yo me formé con poetas. Al único taller literario al que pertenecí fue a uno de poesía. 

Alberto: Lo que más me gusta de la poesía es la música del lenguaje. Me gusta mucho, mucho, la experiencia emocional de la poesía.

Jeremías: Creo que la poesía es un lugar donde visión, emoción y lenguaje se encuentran en un estado puro. Y yo eso nunca lo supe hacer. Pero, como novelista, aprendí más bien que el lenguaje en la novela sirve para mirar el mundo con todos sus imperfectos. Yo recuerdo una conferencia de Borges sobre El Quijote. Borges se detiene con emoción en una línea equivocada del libro. El Quijote acababa de morir y Cervantes, quien casi nunca pierde el control dentro de su novela, comete un error clamoroso de sintaxis. Borges dice que ahí hay más emoción que en muchas partes perfectas de la novela porque ese hombre se ha conmovido ante la muerte del Quijote.

Alberto: ¡Sí, sí. Esa parte es muy bella! Cervantes no dice simplemente que El Quijote murió, sino que da un rodeo, llega de manera oblicua a la muerte.

Jeremías: Creo que el error en el texto es lo que te lleva al acierto. Si tú no yerras en una aproximación, no vas a encontrar la forma adecuada. La oración que queda es una oración hecha de los errores.

Alberto: Eso me pasa siempre. Yo recuerdo una idea de Héctor Abad Faciolince cuando dice que todo escritor está habitado por un mal escritor. Y uno debe luchar siempre contra ese mal escritor. Porque si uno no se pone en guardia ese hijo de puta se pone a escribir por uno.

Jeremías: Dustin Hoffmann decía que la escena es el mejor lugar para fracasar. En la mejor escena de Rainman, en la que el protagonista pierde el control en un ataque de rabia, Hoffman dice que él no estaba actuando. Perdió el control porque sentía rabia de verdad: sentía que la escena no le salía bien. Esos encabronamientos son el momento adecuado para nombrar algo. El error es un lugar para llegar al conocimiento. Fracasar es la única manera en que la verdad aparezca. 


[Esta conversación fue publicada originalmente en la edición 3 de la revista Buensalvaje Colombia. Noviembre, 2015].


Escrito por

Joseph Zárate

Editor y periodista. Adicto al glutamato monosódico. Escribe historias para poder comer. @jzarate33


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