analiza el primer año de PPK

foto: adrián portugal / revista NN

Flash, las letras de un pincel ambulante

Publicado: 2015-07-26

Dice que si hubiera podido, si sólo hubiera tenido más plata, si su papá no lo hubiera jodido con eso de que el-arte-no-te-da-de-comer, que si no hubiera tenido hijos tan joven, que si otra hubiera sido su historia, él sería un artista famoso ahora y no un señor de sesenta años que pinta letreros a mano para sobrevivir. Pero así es la vida de dura, dice, mientras sigue trabajando en su vetusto puesto ambulante de madera, tan veloz como siempre. Porque los clientes, siempre apurados, jamás piensan en los sueños de un viejo pintor de la calle y solo quieren su letrero terminado: bonito, vendedor, rápido, para ahorita, para ayer

Por eso todos lo buscan. Por eso todos lo llaman Flash.

Vestido con su gorra verde y la camisa oscura llena de manchas de colores, Flash lleva casi toda la vida —veintidós años para ser exactos— pintando letreros en la misma calle de siempre: la cuadra trece de Nicolás Arriola, una avenida grande y sucia de La Victoria, llena de importadoras de tractores y repuestos automotrices. Aquí, cualquier día, como hoy que es sábado y que el tráfico de las dos es un estruendo de motores y bocinas rabiosas, Flash dibuja letras blancas sobre un letrero para un puesto que vende manzanas. «Hace ocho años que no cambio mi letrero», dice el cliente, un gordo de camisa floreada, que lo ve trabajar. «Flash es un trome. Siempre vengo acá. Ya no hay pintores como él».

Con la rapidez que sólo dan los años de práctica, Flash traza líneas horizontales en segundos con un cordel y una tiza blanca, donde después pintará las letras con su pincel, a pulso y de memoria. En su carreta de pintor ambulante, hay envases de pinturas esmalte (amarillo, negro, fucsia y blanco son los colores que más utiliza), soplete artesanal, una botella de plástico con thinner, dos docenas de pinceles sucios de todos los tamaños existentes. La calle es el taller del artista clandestino. 

—Hacer letras también es un tipo de arte, así como el de Picasso, Da Vinci, que fueron grandes pintores— explica el viejo, mientras se concentra y achina los ojos para que la letra M de “Manzanas” le salga perfecta.

Flash es un profesional que pinta de todo: desde letreros para discotecas, bares y bodegas, hasta placas de autos y rótulos estilizados sobre la piel metálica de las combis y microbuses. A veces también le piden paisajes o formas distintas: una fruta si es una tienda, un tiburón o una langosta si es una cebichería. Pero son las letras y los números de todas las formas y colores, su verdadera especialidad. 

—Letra recta, letra gótica, letras abecedarias, letra perpendicular… yo pinto varias clases de letras, y de números, igual —explica Flash, quien tiene su propia clasificación de tipografías. 

Cuenta que solo necesita concentración para que las letras queden perfectas. A veces necesita utilizar escala y moldes, pero la mayoría de veces las hace a pulso. Puede terminar un letrero en una hora dependiendo del diseño, y cobra según la cara del cliente: «Mirándolo nomás veo si es misio o si tiene plata», ríe el hombre que aprendió este oficio de un viejo pintor de letreros aquí, exactamente en esta misma vereda, la misma avenida sucia, gris y ruidosa de La Victoria, quizá el distrito con más ambulantes de toda Lima.


FOTO: ADRIÁN PORTUGAL / REVISTA NN


Muchos años antes de convertirse en Flash, Máximo Bernardino Bastidas Bautista quiso estudiar dibujo en la escuela de Bellas Artes de Lima. Desde que tenía doce años, cuando llegó a la capital, pintaba paisajes en cualquier pedazo de papel que encontrara: el cielo azul, las cerros verdes, el cóndor volando, las casitas una sobre otra, las nubes gordas y blancas. Era la postal de Huancayo, un pueblo de la sierra central donde nació. 

—Pero Bellas Artes costaba un huevo de plata y yo era misio —recuerda Flash, mientras pinta números negros sobre la placa amarilla de una auto—. Mi papá, que era obrero de construcción, me dijo: no te metas en eso, hijo, en el dibujo no hay futuro, ayúdame acá, carga cemento. Yo le dije que iba a pintar igual. Si sale, sale pues, a la suerte.

Pero la suerte para Flash era conseguir dinero para estudiar, así que tomó el consejo paterno y se metió a trabajar de albañil. Un día conoció a un viejo pintor que pintaba letreros en la misma avenida, y se ofreció de ayudante. El empleo no era malo: Flash sentía que diseñar letreros, pintar letras y números, lo acercaban en algo a lo que siempre quiso ser: un artista. Entonces comenzó con los números. Flash dice que son fáciles de hacer por que son puro trazo y se pueden dibujar de memoria. «Hay que practicar todos lo días. Una vez que le agarras la maña al pincel, no lo sueltas. Es como agarrar una pistola. Ya nunca te olvidas», ríe Flash, que también fue infante de marina a los dieciocho años.

Hacer letras, dice, es otro cantar. Las letras tienen varios ángulos, dependiendo del diseño que tengan. «Los comerciantes de La Parada —ese mercado lleno de ambulantes donde, hasta hace poco, uno podía comprar desde verduras y vinilos hasta refrigeradoras viejas y partes de autos— me piden letras tipo gótico, esas que tiene cachitos. Los de las combis me piden letras estilizadas, como escritas a mano, esas son más libres, y se hacen a la mentalidad nomás». Sin embargo, si se trata de letras imprenta, entonces Flash utilizará el cordel y la tiza para señalar cada espacio, cada línea donde dibujará las letras.

—Los más jodidos son los ingenieros, arquitectos y abogados. Quieren que haga letras perfectas y a escala. Pero todo depende de cuánto me paguen. La perfección tiene su costo. 

FOTO: ADRIÁN PORTUGAL / REVISTA NN

Y a Flash le cuesta. Por eso siempre lee revistas y periódicos para sacar nuevas tipografías, aunque nunca las llame así. Flash dice que el último «tipo de letra» que sacó es el de las letras ovaladas con sombra y me señala la parte trasera de auto escarabajo rojo donde dice Cristo es Vida: cada letra pintada en amarillo tiene una sombra blanca detrás que le da la sensación de profundidad, como en 3D. Flash se siente y habla como un experto en su oficio. Por eso le molesta, le jode, que a veces los clientes lo subestimen y piensen que hacer letritas y números es cosa fácil.

—Una vez, me dijo un cliente: «Compare, hasta mi hijo puede pintar más rápido». «Un momentito, amiguito, ¿tú me estas retando?», le dije. «Claro pe', compare, hace rato estás con eso». «Mira, ¿sabes una cosa? si me pintas una A perfecta, te regalo mi trabajo»… ¿Y qué crees que pasó?

—¿Qué pasó?

—El pata no hizo nada, se chupó —dice Flash y se ríe—. Varios se han ido de cara así. Verme pintar es fácil, ahí parado, pero hazlo tú pues. A ver, hazlo.

 

FOTO: ADRIÁN PORTUGAL / REVISTA NN

Pintores como Flash ya no quedan muchos. Uno a uno se van muriendo. Peluca, por ejemplo, murió de un infarto. Mocho, el pintor de la otra esquina, fue atropellado por un auto, al salir borracho de una licorería que acababa de pintar. «El único antiguo soy yo», dice Flash, que con sesenta años encima, quizá sea el último maestro pintor de letreros de esta avenida. Aunque, dice también, está dejando un legado.

—Le he enseñado a varios, de mi mano han salido cinco pintores que también tienen sus puestos por acá. Yo les digo: ya te enseñé, ahora cómprate una carretita y trabaja tú. Solo cuídate de la municipalidad, de los policías, que no te lleven.

Para Flash, es importante que haya gente que todavía se dedique a este negocio. No sor-prende por eso que sus dos hijos también se dediquen a pintar letreros y hasta tengan sus propios puestos a unos pocos metros de él. De hecho, también se llaman Flash. Han heredado esa velocidad con el pincel.

—En vez de que estén trabajando en una fábrica ocho horas por veinte soles, les dije que se vengan a trabajar acá y van a ganar más plata. Ahora ellos en un letrerito ganan veinte, treinta soles. Al menos sacan para vivir. A veces, si hay suerte, uno puede sacar cien o doscientos soles al día. Aunque ya no hay tanto trabajo como antes.

Las gigantografías le han malogrado el negocio. Flash recuerda que hasta el año 2000, su puesto estaba lleno de letreros para pintar y para todo tipo de locales: ferreterías, carnicerías, peluquerías. «No teníamos tiempo para nada, ni para el amor. Pero llegó la gigantografía y nos jodió, ahora estamos con pequeñeces, pintando plaquitas de autos. Si no existiera esa máquina, ahorita estaría mi obra en toda esta avenida», reniega el viejo pintor y señala los carteles de los negocios que están frente a él: letreros inmensos con letras perfectamente diseñadas por computadora, más rápidos de hacer y mucho más baratos que los pintados por Flash.

Pero ya no se lamenta. Después de todo, dice, su pulso ya no es el de un joven y solo es-pera que, cuando ya no esté, sus hijos puedan continuar el negocio y hacerlo crecer. Tal vez a un nieto suyo le guste el arte, la pintura, y pueda estudiar en Bellas Artes, como el siempre soñó. Quién sabe. Quizá alguno, dice Flash. Quizá algún día.


[Esta crónica fue publicada en la revista NN, edición 01. Julio, 2012]



Escrito por

Joseph Zárate

Editor y periodista. Adicto al glutamato monosódico. Escribe historias para poder comer. @jzarate33


Publicado en