Manchakuypi Kay

ILUSTRACIÓN: HÉCTOR HUAMÁN

El aire que respiras

¿Qué tienen en común un doctor del pulmón, el tubista de la Orquesta Sinfónica Nacional y un contador de buses de la avenida más contaminada de Lima? Una pista: los tres sufren de asma. 

Publicado: 2014-06-10

EL DOCTOR PULMÓN


Hasta el día que intentaron ahorcarlo, el neumólogo Óscar Gayoso no sabía lo desesperante que era para sus pacientes el no poder respirar. «¿Quieres saber qué se siente?», le preguntó aquella vez un amigo suyo que casi muere ahogado por una reacción alérgica a un medicamento. El doctor Gayoso, hombre entrenado para diagnosticar y tratar toda clase de enfermedad respiratoria, dijo que sí. Entonces su amigo se lanzó sobre su cuello y lo estranguló hasta que el doctor, desesperado y con la cara morada por la falta de oxígeno, lo empujó para que lo soltara. «En mis veinticinco años como neumólogo, nunca había sentido algo parecido», admite el doctor Gayoso, Presidente de la Sociedad Peruana de Neumología, desde su consultorio de paredes blancas. Sabía del asunto por algunos de sus pacientes: de pronto el aire no llega a los pulmones, el pulso se acelera, los músculos se entumecen y se vuelven amoratados, hay sudor, angustia, convulsiones, hasta que el cerebro se queda sin oxígeno y el corazón se paraliza. 

Morir por asfixia. Para el neumólogo Óscar Gayoso, la peor de todas las muertes debe ser morir por asfixia.

Un californiano pasó cuatrocientas cincuenta horas sin dormir. Un sueco sobrevivió dos meses en su auto cubierto de nieve sin comida ni agua. «Pero no importa cuanto aire puedan contener, la mayoría no dura más de tres minutos» explica el doctor —cincuenta y dos años, casado, tres hijos también médicos— una mañana fría de agosto. 

El doctor Gayoso llegó de la sierra central del Perú a Lima a los dieciséis años para ser cancerólogo. Su madre había fallecido de cáncer cuando él tenía diez años, y estudiar Medicina era una especie de revancha personal. Pero sus planes cambiaron cuando, en el primer año de la universidad, le explicaron el Ciclo de Krebs, ese proceso de la respiración celular que permite al cuerpo producir la energía que necesita para vivir. Desde ese día supo qué clase de médico sería.

Gayoso —el primer doctor de toda su familia— sabe que si una persona ya no respira por su cuenta es señal de que la muerte ronda cerca. Durante los primeros años de su carrera, a inicios de los ochenta, atendía a enfermos graves que, por un cuadro de neumonía, embolia pulmonar o paro cardiaco, no podían respirar con normalidad. Entonces utilizaba una máquina con un ventilador sofisticado que se conectaba a las vías respiratorias a través de tubos, y bombeaba aire directo a los pulmones del paciente. La sangre recibía oxígeno y viajaba por todo el organismo para mantenerlo vivo. «Es como cuando el creador le dio al hombre el soplo de vida: ese fue el primer ejemplo de ventilación mecánica. Digamos que Dios fue el primer neumólogo de la historia». El doctor Gayoso dice que, aunque no se considera una persona religiosa, sólo se encarga de mantener ese soplo de vida dentro de sus pacientes.

No es un trabajo fácil. Los pulmones son órganos sensibles: cualquier sustancia tóxica, bacteria, incluso el pelo de un gato presente en el medio litro de aire que inhalamos al respirar es absorbida por ellos, como dos esponjas. «Pero la gente está más conciente de un dolor de muelas que de lo que pasa en sus pulmones», se ríe el neumólogo que adora el Trident sabor a naranja. Lo admite: cuando a alguien le duele la muela va al dentista, pero si tiene tos o le duele el pecho por lo general irá a comprar un jarabe a la farmacia o irá a ver un médico general. 

La Neumología no es la especialidad médica más popular. El Perú, un país donde cientos de niños mueren de neumonía por las olas de frío cada año, tiene más odontólogos que doctores del pulmón: sólo quinientos en todo el país. El doctor Gayoso tiene una teoría de por qué son tan pocos: «somos los encargados de tratar la tuberculosis». La Neumología es una especialidad de alto riesgo: la tuberculosis —esa enfermedad infecciosa que perfora los pulmones y que, según la OMS, es la segunda causa de muerte en el mundo después del Sida— es altamente contagiosa, ya que se propaga por el aire. Con un estornudo se expulsan más de cinco mil gotitas de moco infectado que viajan por el aire, alcanzando una distancia de hasta cuatro metros. El Perú es el segundo país con más tuberculosos en América. 

«Algunos estudiantes de medicina sienten que ser cardiólogo o cirujano plástico es menos peligroso y mejor visto», dice el director del Posgrado de Neumología en la Universidad Cayetano Heredia. «Eso sí: la mayoría de neumólogos sienten la cura de la tuberculosis como una batalla personal, porque la han tenido en algún momento», explica Gayoso, quien dice tener la suerte de no haberse contagiado esa enfermedad todavía. «Pero sí tengo asma, como mi esposa», cuenta el neumólogo que odia el humo del cigarrillo. Dos de cada diez peruanos sufre de asma. Trescientos millones de personas en el mundo —casi dos veces la población total de Europa— también la padecen. El doctor del pulmón jamás olvida llevar un pequeño inhalador en su maleta.


ILUSTRACIÓN: HÉCTOR HUAMÁN

EL TUBISTA DE LA ORQUESTA SINFÓNICA

Ricardo López, tubista de la Orquesta Sinfónica Nacional, siempre quiso tocar la batería. Era un deseo que tenía desde los catorce años cuando ingresó a la banda escolar para tocar la tarola, el instrumento de percusión más popular entre los niños de su escuela. López audicionó, pero el director musical lo eligió para otro puesto: necesitaba ‘hombres con pulmones fuertes’ para tocar la tuba, el instrumento de viento más grande y grave de una orquesta. López —espalda ancha, labios gruesos y cara redonda— al principio tocaba aburrido, hasta que notó que la tuba, famosa por su sonido profundo y pesado como el mugido de una vaca, le daba la armonía a la música de la banda. «Es como cuando tocas el bajo en una salsa. Sin ese sonido grave, la canción no existe», explica ahora el tubista —treinta y seis años, soltero, voz grave como su instrumento— en el descanso de uno de los ensayos de la obertura de Los maestros cantores de Núremberg, de Richard Wagner, el compositor clásico que utilizó la tuba en una orquesta sinfónica por primera vez.  

Para tocar la tuba, advierte López, hay que ser un experto de la respiración, como lo es un cantante de ópera o un nadador profesional. Hay que llenar de aire los pulmones [un tubista muy entrenado puede contener hasta seis litros de aire, casi el cincuenta por ciento más de una persona normal] y controlar el músculo del diafragma para que el sonido se proyecte con fuerza vibrando los labios, y así tocar notas bajísimas que ningún otro instrumento puede alcanzar. López —tubista egresado del Conservatorio Nacional de Música— tiene algunas técnicas para controlar mejor el aire de sus pulmones: pronuncia sin parar las silabas to-to-to-to o tu-tu-tu-tu, para que el sonido se proyecte mejor mientras toca; baja la rodilla derecha a la hora de tocar y así logra tomar más aire; y utiliza la respiración circular, que le permite tocar una nota continua sin dejar de inhalar. Algo que hacía Arnold Jacobs, el tubista de la Orquesta Sinfónica de Chicago, famoso por establecer técnicas de respiración especial para músicos de viento, y por tocar la tuba como nadie a pesar de tener un solo pulmón.

Un tubista puede sufrir lesiones tan graves como las de un atleta de alta competencia. La tuba pesa casi trece kilos y varios tubistas tienen que tocarla de pie, algo encorvados, sosteniéndola con el brazo izquierdo y utilizando solamente la mano derecha para manipular los pistones. Esta postura, sumada al peso del instrumento, puede causar dolores en la muñeca, los dedos y hernia en la zona lumbar. Algo no menos grave que los ‘labios de tuba’, una condición en la que los labios del tubista se inflaman por una reacción alérgica al níquel, uno de los componentes de los instrumentos de viento-metal. Por suerte Ricardo López dice que no padece ninguno de estos males, aunque sí ha vivido otra clase de tragedias. Como cuando le dio un ataque de hipo, o le picó la nariz o la oreja cuando le tocaba tocar un solo durante algún concierto con la sínfonica. Sostener la inmensa tuba —que puede llegar a costar treinta mil euros: tanto como un Ferrari F12 Berlinetta— y tener la mirada del director de orquesta puesta encima tuyo, dice López, hace casi imposible que puedas rascarte en medio de una obertura.

Ricardo López tiene una tuba de segunda mano con la que practica en casa de su madre. Le gusta coleccionar soundtracks de películas hechas por orquestas sinfónicas como La momia regresa, Drácula, Batman, Star Wars o Tiburón, donde la tuba tiene un protagonismo evidente. Pero también le interesan las películas europeas surrealistas, el pop japonés, el psy trance, la música hecha con tambores egipcios, o pasar más de diez horas al día frente a su computadora compartiendo noticias en su Facebook sobre explosiones solares, matanzas a civiles en Medio Oriente y teorías de conspiración mundial.

López —uno de los cuatro tubistas aptos para tocar en una sinfónica en todo el Perú— reconoce que su instrumento no es el más cool de la orquesta como sí lo podría ser un violín. En algunas comedias americanas los tubistas son músicos gordos y sin ningún talento musical, los nerds relegados a la parte trasera de la banda. «Es como cuando juegas al fútbol y al chico asmático que no sabe jugar lo ponen de arquero», se ríe López, quien también tiene asma, aunque nunca ha sufrido un ataque mientras toca. «Algunos ven la tuba como instrumento grande y ruidoso que va siempre al final de los desfiles porque es fácil de tocar». El músico Ricardo López dice que pagaría por ver a cualquiera de esos fanfarrones intentar sacarle sonido a la tuba de un solo soplido.


ILUSTRACIÓN: HÉCTOR HUAMÁN

EL CONTADOR DE BUSES

A Chimbote le duele la garganta todos los días. Le pica y arde tanto que a veces no puede tragar saliva. «El humo de las combis y los micros me tiene así», dice, de pie en una esquina de la cuadra uno de Nicolás Ayllón, una de las avenidas donde circula el aire más contaminado de Lima. Chimbote —cincuenta y nueve años, anteojos gruesos, camisa azul y chaleco del mismo color— dice que es parte del trabajo que tiene desde hace once años: levantarse todos los días a las cinco de la mañana, pararse en esta esquina ruidosa llena de negocios tristes y gente apurada, y trabajar doce horas mientras respira las nubes negras que liberan los cientos de vehículos que pasan por aquí, una fracción del millón y medio que circula por toda Lima. 

Chimbote es datero. Su trabajo consiste en avisar al chofer de un microbús cuánto tiempo separa a su vehículo del otro que va delante, en la misma ruta. Así el chofer decide si acelera para rebasarlo y robarle pasajeros, o si va más lento para esperar que las paradas se vuelvan a llenar. Cada tanto apunta los minutos en un papelito, sale corriendo para alcanzar el vehículo y entregarlo al cobrador. Chimbote recibe treinta céntimos mínimo por cada microbús que controla, y gana casi cuarenta soles al día. Hay dateros que son fieles a una sola empresa de transporte, como Chimbote que trabaja para la línea Santa Clara; y otros, más jóvenes, que apuntan los tiempos de todos los micros y salen disparados detrás de ellos aconsejando posibles jugadas para ganar pasajeros. Pero Chimbote no. Dice que sus piernas ya no están para esos trotes, que una vez una combi casi lo atropella, que no respira bien cuando se agita y no entiende bien por qué.

Cuando uno camina por la calle, casi nunca se detiene a pensar en cuán sano es el aire que está respirando. Y si lo hiciera, no podría evitar respirarlo. En el aire de la avenida Nicolás Ayllón, donde trabaja Chimbote, unos ingenieros ambientales encontraron más de doscientas cincuenta clases de contaminantes, como cenizas de plomo, arsénico, cemento, dióxido de azufre, dióxido de carbono, óxidos de nitrógeno y azufre, benceno. Son partículas tóxicas treinta veces más finas que un cabello humano y que, al inhalarse, se pegan a los pulmones, disminuyen la capacidad respiratoria y ocasionan bronquitis, asma e incluso cáncer pulmonar. La norma internacional de la OMS dice que a partir de ciento cincuenta de estos contaminantes en el aire la vida en aquella zona corre peligro. En 2005 sólo en Lima —donde más del 70% de la contaminación sale del tubo de escape de los autos— murieron más de seis mil personas por males producidos o derivados del uso de combustibles de mala calidad que liberan gases tóxicos a la atmósfera. Ese aire sucio mata a cuatro veces más personas que la malaria y el VIH juntos: más de dos millones cada año, según la OMS. Chimbote, el hombre que sabe calcular el tiempo sin mirar el reloj, que cuenta monedas con destreza en el óvalo Santa Anita, y que puede predecir cada cuánto pasa un microbús de cierta línea, no sabe que cada doce minutos una persona fallece en el mundo por respirar aire contaminado. Cuando él termine su turno, sesenta personas habrán muerto por culpa de la polución del aire: el mismo humo negro que él respira todos los días.

Ahora, mientras anota números en papelitos y cuenta los minutos en su reloj de pulsera, Chimbote dice que, además de que el humo de los micros también le causa náuseas y le quita el apetito, sus oídos ya no escuchan bien por el ruido de los cláxones. «Me estoy quedando sordo por tanta bulla», se lamenta Chimbote, a quien le cuesta escuchar con nitidez sus vinilos de la Fania All Stars y Fausto Papetti. «A veces pienso que me voy a morir más rápido», dice, y se ríe, pues sabe que lo que dice no es del todo broma. Que ya no tiene el físico que tenía cuando tenía veinte y no se llamaba Chimbote sino sólo Carlos Gonzales, y era el mayor de cuatro hermanos, volante ofensivo del Sport Patria, el mejor equipo de fútbol de Chimbote, aquella ciudad del norte del Perú famosa por su puerto y el hedor penetrante causado por los vapores contaminantes de las fábricas de harina de pescado. Por eso Chimbote —soltero, sin hijos— piensa ser datero un par de años más, ahorrar todo lo que pueda y regresar a su ciudad, cuidar de su madre y trabajar arreglando lanchas frente al mar. El olor a harina de pescado no importa —dice— porque ya está acostumbrado. El doctor le ha recomendado también dejar de fumar. Lleva cuatro meses sin hacerlo. Rodeado de smog, Chimbote dice que ahora no soporta el humo del cigarrillo.


[Estas historias fueron publicadas en Etiqueta Verde, edición 09, dedicado al Aire. Setiembre, 2013]


Escrito por

Joseph Zárate

Editor y periodista. Adicto al glutamato monosódico. Escribe historias para poder comer. @jzarate33


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