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foto: macarena tabja

Cómo hacer una revista para no sentirte jodidamente solo

Hernán Casciari es el creador de Orsai, una de las mejores revistas culturales en español. Pero también es un escritor y un blogger famoso que renunció a todo para cumplir un sueño de pibe. Algunos lo consideran un subversivo del mundo editorial: hace una revista cuando algunos profetizan la muerte del papel y la extinción de la gente que lee historias. Al argentino, todo eso le parece una pelotudez. Él hace las cosas porque le divierten, porque quiere tener cerca a los que quiere, porque detesta la soledad.

Publicado: 2014-06-07

Imagínalo por un momento: eres el escritor más leído de habla hispana en Internet. Las editoriales más importantes se pelean por publicarte y todas tus novelas, creadas en un blog, se venden por millares. Has ganado varios premios literarios como el Juan Rulfo que recibiste en París. También han adaptado un libro tuyo al cine y al teatro, que se ha convertido en la obra más taquillera de Argentina. Ganas muy bien y en euros. Escribes para diarios prestigiosos como El País, de España. De hecho, te llaman para hacer guiones de televisión, escribir alguna columna, dar una conferencia, abrir otro blog.

La gente te lee, te sigue. 

Eres exitoso. Un tipo con talento. 

Un rockstar de las letras. 

Pregunta incómoda: ¿Serías capaz de mandar al diablo todo eso para sacar una revista literaria de doscientas páginas, sin publicidad, que te haría perder todos tus ahorros, solo para cumplir un sueño que tenías con un amigo de la infancia?

Hernán Casciari, el famoso escritor en cuestión, respondió a esa pregunta a finales de 2010, cuando anunció desde su blog que renunciaba a todos los proyectos y empleos que tenía para crear una revista sui generis, tanto en su propuesta como en su eslogan: Orsai, la revista más difícil de conseguir en el mundo. 

—Las editoriales me robaban. Sudamericana, por ejemplo, me dijo que se habían vendido 800 ejemplares de un librito de bolsillo en toda Argentina, cuando solo en una librería de Mercedes, mi pueblo, se habían vendido 750. ¡Solo en una librería! También, recibía correos de lectores que decían que no podían tener mi libro. La industria solo distribuye donde es negocio: México, Argentina y España. Pero si un salvadoreño o un peruano querían mi libro, se jodían. Encima, en los diarios cada vez tenía menos espacio para escribir. Me decían que por la crisis, que no hay publicidad. Estaba aburrido, cansado de tener intermediarios entre mis lectores y yo. Así que un día me harté y los mandé a cagar.

Es una mañana fría de mayo y Hernán Casciari recuerda todo eso mientras fuma su sexto cigarrillo del día. Estamos en la azotea del Centro Cultural de España, en Lima. Hernán ha venido por primera vez a Perú para hablar de Orsai. Es un tipo grande, robusto y amable, un gordobueno que casi siempre luce igual: camisa negra, pantalón oscuro sumamente holgado, el pelo corto y lacio, el morral cruzado en el hombro. Vestirá así el resto de la semana, cuando salga en entrevistas en la televisión, donde contará una y otra vez la misma historia: que cómo nació la revista, que cómo se financia, que si es rentable, que de qué vive.

No deja de ser curioso que en plena era digital, cuando la crisis azota a muchos medios de comunicación tradicionales, provocando el cierre de algunas publicaciones y la conversión de otras en productos online, este argentino de 41 años, hincha del Racing, adicto a las series, afincado en Barcelona y padre de una niña de 8, renuncie a su trabajo para lanzar al mercado una revista en papel cuando todo el mundo dice que la gente ya no lee.

Era un caso raro de éxito: la primera edición de Orsai, de enero de 2011, vendió 10.080 revistas en todo el mundo, mucho antes de que sus lectores la vieran impresa. La compraron salvadoreños, peruanos, latinoamericanos viviendo en Tailandia, en Dublín, en Japón. Sin un centímetro de publicidad, la revista es financiada y distribuida por los lectores que la compran por Internet. Hoy, con más de mil suscriptores y 6 mil ejemplares vendidos por edición en todo el mundo, Orsai es una de las mejores revistas culturales escrita en español por la calidad de sus historias (que son larguísimas) y del diseño.

—No es que haya una crisis editorial o del papel. Hay unos tipos raros, unos banqueros, que dirigen los medios y que nos ven como moneda de cambio. No se desvelan para mejorar el contenido. Piensan, más bien, en hacer un negocio inmobiliario con lo que les queda.

Para Casciari, Orsai es una venganza contra ese maistream editorial que subestima al lector, que lo cree tonto. Aunque también, dice, fue un arma para matar su propia soledad.

foto: macarena tabja


En jerga futbolística, orsai significa eso: ‘fuera de juego’. Inhabilitado para jugar. Así se sentía Casciari en España, a 12 mil kilómetros de su país, a comienzos de 2000. En ese año, viajó a París para recibir el premio de cuento Juan Rulfo, se enamoró de una catalana y se quedó en España, sin dinero ni papeles. Por un lado, estaba muy feliz y enamorado; por otro, extrañaba Argentina.

—Abrí un blog y lo llamé Orsai porque me sentía solo —cuenta mientras se arma otro cigarrillo—. Allí escribía cuentitos para mis viejos, para cuatro o cinco amigos que había dejado en Mercedes, gente que extrañaba muchísimo.

Mientras trabajaba en una empresa de clipping en Barcelona (un trabajo de madrugada que consiste en preparar resúmenes sobre todo lo que dicen los diarios del día para algunas empresas), Casciari escribía, durante dos o tres horas libres, historias breves sobre una familia argentina que tenía problemas de dinero por la crisis que vivía su país.

—Yo había decidido dejar de escribir. Tenía treinta años, estaba conviviendo con Cristina, estaba enamorado, quería ser papá. Así que me dije, basta de pelotudear con la literatura. Tenés que trabajar. Nunca imaginó, sin embargo, que en esos días, esos cuentitos que publicaba en Internet empezarían a tener gran cantidad de lectores en varios países. 

Las editoriales y los diarios, al notar su fama, comenzaron a llamarlo. Aquellos posts se convirtieron en novelas. Y la historia que sigue ya es conocida: Casciari comenzó a darse besos con la industria editorial hasta que se hartó de ella.

Pero Casciari siempre quiso estar cerca de sus amigos de Mercedes. Por eso, entre 2003 y 2004, convenció a algunos de ellos para que se muden a España y trabajen con él en la agencia de clipping. «Confieso que era un acto egoísta, para no sentirme tan solo. Le dije al Chiri, pero no quiso», cuenta.

Chiri es el mejor amigo de Hernán desde que tenían seis. «Desde chiquitos supimos que íbamos a ser periodistas o escritores», recuerda Casciari. Leían Unamuno, Cortázar, Poe. Iban a la escuela, pero jalaban todas las materias por dedicarse solo a leer y a hacer revistas. Cloacas, NeoGeneris y Kraneo: todas eran revistas en fotocopias, hechas a mano y que publicaban para su salón durante los últimos años de la primaria y toda la secundaria.

—Pero como solo hacíamos eso en la escuela, nunca terminamos porque nos reprobaron —recuerda Casciari—. Nos resultó muy entrañable que no nos hayan dejado entrar a Periodismo en la universidad por habernos pasado la vida haciendo revistas. Al final yo me dediqué a viajar y a escribir, y Chiri puso una librería.

Hasta que recién en 2008, Chiri aceptó irse a vivir a Barcelona, con su familia, para trabajar en un nuevo proyecto con Hernán, sin saber cuál era. Alquiló una casa al lado y se pusieron al día. Luego de algunas noches, entre vinos y porros, descubrieron que lo que querían hacer era lo mismo que cuando eran chicos: una revista.

—Esa misma noche, publiqué mi carta de renuncia a todo en el blog, diciendo que queríamos hacer eso y nada más —cuenta Casciari—. A mi esposa no le gustó mucho la idea, pero bueno. Ella ya me había conocido así, medio mal de la cabeza.

foto: macarena tabja


Han pasado dos años y ahora Orsai va por su séptimo número, su segundo año de vida. Es bimensual y se sigue vendiendo en paquetes de diez para que el comprador pueda colocar las nueve restantes con lectores de su zona. También está el pdf de las ediciones que se pueden descargar gratis de Internet (en 2011 se realizaron 600 mil descargas por cada revista). Incluso ya se está preparando una aplicación para iPad.

—Unos pibes de doce años hicieron una propuesta del número cinco de la revista —cuenta Casciari—. Cuando empecé a navegar en la revista en iPad, yo que soy nostálgico del papel, me caí de culo. ¡Era algo espectacular! Estás leyendo los sonetos de Mairal y apretás un botón y escuchás a Mairal leerte los sonetos. O pasás el dedo por una historieta y aparece un video del artista cuando está poniéndole color a las viñetas. Es un orgasmo que el papel no te va a dar nunca… pero te va a dar otros. En verdad, nos estamos divirtiendo como chanchos haciendo la revista.

—Todo muy bonito, pero, ¿cómo hace la gente de Orsai para sobrevivir? 

—Cada uno tiene un sueldo, cada uno cobra lo que tiene que cobrar. Sabemos que vendiendo seis mil revistas nos alcanza para eso. No imprimimos más. Nosotros ganaríamos si solo hiciéramos la revista para Argentina y México, pero nuestro capricho es que al nicaragüense también le llegue un ejemplar. Asumimos gran parte del envío, y si les sumas los quilombos aduaneros… por eso perdemos dinero.

—En algún momento será rentable, entonces.

—Nosotros no hacemos nada rentable. No sé por qué carajo esa parte no nos sale. Lo que sí sé es que Orsai no es para ganar dinero, es para jugar. De hecho, cuando lleguemos a un punto de equilibrio, en ese momento dejaremos de hacerlo. No estamos jugando a eso. Estamos jugando a que dos tipos que se conocen de chiquitos quieren jugar a algo y juegan.

No sorprende por eso que también exista el bar Orsai en San Telmo, Buenos Aires. Un lugar donde los lectores de la revista se juntan. Tonga, el distribuidor que más vendió en 2011, es el administrador. Comequechu, un amigo de la infancia de Casciari, hace las pizzas. El pan se trae desde Mercedes. La gente va de miércoles a domingo por las noches y siempre hay algo: la presentación de un libro, gente que toca la guitarra, o a veces aparece Hernán en una pantalla saludando por Skype, desde Barcelona.

—Pronto vamos a abrir otro bar en Costa Rica, y luego en Barcelona. Con esos tres puntos queremos hacer un triángulo cultural iberoamericano o una especie de club de borrachos que leen. 

Casciari se ríe. Dice que no toma mucho. «Prefiero una Fanta en vez de una cerveza». De hecho, nunca sale de su casa en Cataluña. Le gusta estar en pijama todo el día y le resulta divertido trabajar de esa manera.

—Hacer Orsai es divertirme y estar con la gente que quiero, haciendo cosas que quise siempre con personas que conozco desde que tengo seis años. Cristina, mi mujer, es la administradora, Chiri es el jefe de redacción, las correctoras son amigas nuestras del colegio. Verles las arrugas a ellos y cumplir esos sueños que teníamos cuando éramos pibes... eso es lo que me mueve.

Casciari apaga el último cigarrillo que le queda.

—Digo, después de todo, de eso se trata la vida, ¿no?


[Entrevista publicada en la revista Asia Sur, edición 117. Julio, 2012]


Escrito por

Joseph Zárate

Editor y periodista. Adicto al glutamato monosódico. Escribe historias para poder comer. @jzarate33


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