Manchakuypi Kay

Foto: santiago barco

Zhimpa, el tatuador

El discreto oficio de un artista del cuerpo

Publicado: 2014-05-16

El pincel es una aguja diminuta que penetra la piel más de mil veces por minuto. La tinta negra deja ver, poco a poco, las facciones de un viejo guerrero apache junto a un cachorro de lobo. Zhimpa, el tatuador, graba esta escena en el brazo izquierdo –el lienzo– de un chico de Texas que quiso homenajear a su padre fallecido hace unos meses. Zhimpa –gafas de carey, gorra negra, barba de candado, ciento veinte kilos de peso– lleva tres horas trabajando en ese retrato. Ha adaptado un dibujo que ha llevado el cliente, al que le ha dado un estilo realista, lleno de detalles en el rostro, las arrugas, el color de su piel, el brillo en los ojos. Puesto en un cuadro, el retrato del apache podría ser exhibido fácilmente en una galería de arte. En el brazo de un hombre, aquel retrato a mano alzada es una marca cargada de significado, de recuerdos. El tatuaje que Zhimpa acaba de hacer no lo tiene otro ser humano en el mundo.

Únicas. Las obras de arte son –deberían ser– así.

«Mucha gente cree que el tatuaje es grabarse una letrita china, una estrella o esas huevadas que encuentras en Internet», dice Zhimpa, de veintinueve años, mientras achina los ojos para delinear mejor la boca del guerrero. «Algunos se tatúan un dragón tribal y luego van a la playa y un pata tiene el mismo dragón. El tatuaje es una marca que solo tú debes llevarte a la tumba».

Por eso Zhimpa no cree en el tatuaje comercial. Lo suyo es el tatuaje custom, una pieza creada especialmente para alguien, de acuerdo a lo que quiera expresar o recordar. Zhimpa cree en el valor histórico de marcarse la piel. Sabe, por ejemplo, que desde hace cinco mil años –cuando los antiguos polinesios usaban huesos filudos y tinta hecha de cenizas– los tatuajes «expresan lo que eres, lo que haces, tus creencias, las batallas que has ganado, la gente que no quieres olvidar», dice el artista, desde su estudio en Miraflores, con paredes blancas llenas de graffitis.

Treinta tatuajes cubren su cuerpo. Calaveras de diferente trazo en los brazos y piernas, una figura de Gokú en el tobillo derecho y el rostro de su novia en el pecho, aún sin terminar. «Los tatuajes son adictivos», dice Zhimpa, y no exagera. Hoy, solo en Estados Unidos, más de cuarenta millones de personas tienen tatuajes: cuatro veces mas que en los últimos cincuenta años. Todos coinciden en que es la sensación de la aguja en el cuerpo y el resultado final lo que los hace tan populares. Lo sabe Zhimpa, que ha tatuado al menos una persona por día durante los últimos doce años.

Zhimpa aprendió a tatuar por curiosidad, espiando el trabajo en un tattoo shop del centro de Lima, donde un primo suyo hacia piercings y repartía volantes. En esa época no se llamaba Zhimpa sino solo Daniel Moreno, un chico distraído y tímido de quince años que dibujaba retratos y personajes de Dragon Ball y Caballeros del Zodiaco en las últimas hojas de sus cuadernos. Sus padres –un médico de alergias y una dama socialité– ignoraban su talento para el dibujo hasta que ganó un concurso nacional de pintura en la secundaria. Es el único premio que Zhimpa ha ganado hasta ahora.

Era tan bueno, que entró becado a la Escuela de Bellas Artes. Su especialidad eran los desnudos y los retratos realistas, pero lo dejó a los tres años pues no soportaba las huelgas de maestros. Entonces se dedicó a mejorar su técnica de tatuaje trabajando en los mejores estudios de Lima, conocido siempre como Zhimpa, por su manera lenta y accidentada de hablar –como la de Chimpandolfo, el cavernícola–, producto de un vicio adolescente que prefiere olvidar.

Sus primeros tatuajes eran tribales y solo en tinta negra pues no tenia dinero para más. Hoy, Zhimpa trabaja con cien colores y asiste a conferencias internacionales en Miami y Nueva York, para ver a los mejores artistas del tatuaje mundial, como el polaco Robert Hernández y Filip Leu, un hippie millonario suizo que solo tatúa a quienes están dispuestos a subir una montaña hasta su casa, entrar a ella sin zapatos y pagar trescientos euros la hora de su trabajo.

Zhimpa no es tan excéntrico. Una letra china pequeña tatuada por él cuesta cincuenta dólares y una pieza mas elaborada –como la del guerrero apache– cuatrocientos. Cuando no tatúa pinta cuadros y colecciona juguetes raros. También le gusta tatuar a la gente que quiere. Ha tatuado a su hermano, a un primo, a su novia y a su mamá. «Le tatué una rosa en la pierna. Iba a ser un ramo, pero no soportó el dolor mi viejita», recuerda Zhimpa y se ríe. Dice que sigue intentando convencer a su papá, de setenta y cuatro años, para tatuarle uno. 

No es fácil marcar la piel de tu padre para siempre. 

Ese tatuaje será, tal vez, el más importante que Zhimpa haga en su vida.

[Publicado en la revista AD, edición 01. Noviembre, 2013]


Escrito por

Joseph Zárate

Editor y periodista. Adicto al glutamato monosódico. Escribe historias para poder comer. @jzarate33


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